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Resumen de la 1, 2 clase: 1.- Fundamentos e historia de la brujería; 1.2.- historia de la brujería, XV Siècle AV.JSS.

ecoleceltique.bmp1.- Fundamentos e historia de la brujería 1.2.- historia de la brujería, XV Siècle AV.JSS,

1.3.- el oscurantismo “LA EPOCA MEDIEVAL”, círculos esotéricos, la persecución mágica, Quema de brujas, La santa inquisición.

 NOTA: LOS TRATADOS Y DOCUMENTOS DE LAS CLASES DE MAGIA Y HECHIZERIA DE AVALONCELTIQUE LO PUEDEN DESCARGAR EN VERSIÓN WORD EN : http://avalonceltique.unblog.fr/tag/documentos-de-estudio-de-las-clases-de-magia-de-avalonceltique/

 

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Tratado sobre la historia de la brujería

Javier branch
escuela de magia celta

 

Brujería: Brujería es el conjunto de creencias, conocimientos prácticos y actividades atribuidos a ciertas personas llamadas brujas (existe también la forma masculina, brujos, aunque es menos frecuente) que están supuestamente dotadas de ciertas habilidades mágicas que emplean con la finalidad de causar daño.

 Terminología:

Brujas y hechiceras. Las primeras habrían desarrollado su actividad en un ámbito predominantemente rural y habrían sido las principales víctimas de las cazas de brujas en los años 1450-1750. En cambio, las hechiceras, conocidas desde la antigüedad clásica, son personajes fundamentalmente urbanos: un ejemplo característico en la literatura española es la protagonista de La Celestina de Fernando de Rojas.[3] A diferencia de los practicantes de la magia culta, que alcanzó gran desarrollo en el Renacimiento, tanto la bruja rural como la hechicera urbana pertenecían en general a clases sociales marginadas, lo que las hacía más vulnerables a las persecuciones. Se cree que las artes de brujas y hechiceras eran transmitidas oralmente de generación en generación, por lo que todos los testimonios acerca de sus prácticas proceden de autores ajenos y muy a menudo hostiles a ellas. (1)


La palabra española bruja es de etimología dudosa, posiblemente prerromana, del mismo origen que el portugués y gallego bruxa y el catalán bruixa. La primera aparición documentada de la palabra, en su forma bruxa, data de finales del siglo XIII.[4] En 1396 se encuentra la palabra broxa, en aragonés, en las Ordinaciones y Paramientos de Barbastro.[5]
En el País Vasco y en Navarra se utilizó también el término sorguiña (en euskera sorgin), y en Galicia, la voz meiga.
En latín, las brujas eran denominadas maleficae (singular maléfica), término que se utilizó para designarlas en Europa durante toda la Edad Media y gran parte de la edad moderna. Términos aproximadamente equivalentes en otras lenguas, aunque con diferentes connotaciones, son el inglés witch, el alemán Hexe y el francés sorcière Brujas y hechiceras.  (2)

La brujería es una pervivencia de la antigua religión ritual y matriarcal de la época neolítica. Forma parte de los cultos  a la Gran Madre, diosa de la fecundidad sexual y agrícola (Danna, Demeter, Gaia, Isis), y se sustenta en símbolos como la figura cornuda de un hechicero provisto del asta del animal que cazaba y adoraba su comunidad. El documento eclesiástico del siglo XII Canon Episcopi relacionaba la brujería con el culto a la diosa Diana (la diosa de la mitología romana más próxima a la Gran Madre) y consideraba a las brujas « mujeres desamparadas, pervertidas por Satanás » que no volaban ni se transformaban en bestias más que en sus fantasías.  La brujería es tan antigua como la necesidad humana de seguridad y está tan unida a las creencias religiosas que no puede sino asombrarnos que durante siglos se haya insistido en vilipendiar a una para alabar las bondades de la otra, como si realmente fueran tan distintas. (3)

En el mundo griego existieron diferentes tipos de brujas, destacando dos: la alcahueta decrépita, horrorosa y perversa que se aprovechaba de seres inocentes y desamparados, como la Dipsas de Ovidio y la Strix, una bella mujer que de noche se transformaba en pájaro y volaba en busca de carne humana.  La capacidad de la bruja de metamorfosearse en animal junto a la habilidad para preparar y utilizar todo tipo de venenos y el desproporcionado apetito sexual, son otros de los atributos con los que la antigüedad clásica « adornó » a la bruja; atributos que la Edad Media hizo suyos. Y, sin embargo, la bruja es también el ser benigno, protector de las cosechas y los nacimientos, garante de la prosperidad de la comunidad. En su ambivalencia y su cercanía reside su éxito. (4)

En las antiguas Grecia y Roma, estaba extendida la creencia en la magia. Existía, sin embargo, una clara distinción entre distintos tipos de magia según su intención. La magia benéfica a menudo se realizaba públicamente, era considerada necesaria e incluso existían funcionarios estatales, como los augures romanos, encargados de esta actividad. En cambio, la magia realizada con fines maléficos era perseguida. Se atribuía generalmente la magia maléfica a hechiceras (en latín maleficae), de las que hay numerosas menciones en numerosos autores clásicos.  Según estos textos, de estas hechiceras se creía que tenían la capacidad de transformarse en animales, que podían volar de noche y que practicaban la magia tanto en provecho propio como por encargo de terceras personas. Se dedicaban preferentemente a la magia erótica, aunque también eran capaces de provocar daños tales como enfermedades o tempestades. Se reunían de noche, y consideraban como sus protectoras e invocaban en sus conjuros a diosas como Hécate, Selene y Diana.
Probablemente las brujas más conocidas de la literatura clásica son dos personajes mitológicos, Circe y Medea. Las habilidades mágicas de ambas residen sobre todo en su dominio de las pócimas o filtros mágicos (phármakon, en griego). Medea, que se presenta a sí misma como adoradora de Hécate, se convirtió en el arquetipo de la hechicería en las literaturas griega y romana. Hay menciones de brujas en las obras de Teócrito, Horacio, Ovidio, Apuleyo, Lucano y Petronio, entre muchos otros. Estos autores hacen especialmente referencia a brujas que realizan magia de tipo erótico.
Relacionada con la creencia grecorromana en las brujas está la figura de la striga, un animal nocturno que es mitad pájaro mitad ser humano que se alimenta de sangre (y que resulta también un precedente de la moderna figura del vampiro).  Los escritores antiguos fueron a menudo escépticos acerca de las presuntas facultades de las brujas. (5)

Referencias:

Carmelo Lisón Tolosana, Las brujas en la historia de España, Madrid: Temas de Hoy, 1992, p. 25.

1; 2.-Lisón Tolosana considera que el origen de la palabra puede encontrarse en el área pirenaica. En Gascuña y Béarn era también corriente el uso de una palabra etimológicamente relacionada, brouche. Debe tenerse en cuenta que en esta época el Languedoc y la Corona de Aragón eran áreas culturalmente muy relacionadas (ref: Carmelo Lisón Tolosana)

3. La prohibición de la magia antisocial se encuentra ya en la Ley de las XII Tablas (Tabula VIII). En la época de Sila se promulgó la Lex Cornelia de Sicariis et Veneficiis, que insiste en esta prohibición. Es interesante el hecho de que el delito de brujería (maleficium) se relaciona con el de envenenamiento (veneficium), sin duda porque en ambos se manipulaban drogas nocivas.

4. Julio Caro Baroja, Las brujas y su mundo. Madrid: Alianza Editorial, 1968. Capítulo 2: « La hechicería grecolatina » (pp. 36-63).

5. En el Canto X de La Odisea, Circe hechiza a los compañeros de Odiseo, transformándolos en cerdos

 

La brujería en el antiguo testamento

En el Antiguo Testamento, concretamente en el Éxodo, se prohíbe la brujería, y se establece que debe ser castigada con la pena de muerte: « A la hechicera no la dejarás que viva » (Éxodo 22:18). Es de notar que, al igual que en la Grecia y Roma clásicas, la brujería aparece como una actividad mayoritariamente femenina, lo cual no es de extrañar, ya que la asociación de la mujer con « el Mal » es frecuente en la Biblia. De otras citas bíblicas (Levítico 20:27, Deuteronomio 18:11-12), se desprende que la principal actividad de estas brujas bíblicas era la necromancia o invocación a los muertos. En el Primer Libro de Samuel (1Samuel 28:1-25 se relata la historia de la bruja de Endor, a la que Saúl, contraviniendo sus propias leyes, recurrió para invocar al espíritu de Samuel antes de una guerra con los filisteos. Si bien la actitud del cristianismo con respecto de algunas prácticas mágicas, tales como la astrología o la alquimia, fue en ciertos momentos ambigua, la condena de la brujería fue explícita e inequívoca desde los comienzos de la religión cristiana. En la Alta Edad Media varias leyes condenaron la brujería, basadas tanto en el ejemplo del derecho romano como en la voluntad de erradicar todas aquellas prácticas relacionadas con el paganismo. Sin embargo, la actitud eclesiástica no parece haber sido demasiado beligerante durante la primera mitad de la Edad Media, como lo atestiguan documentos como el Canon Episcopi. La situación cambió cuando la Iglesia comenzó a perseguir las herejías cátaras y valdense. Ambas concedían una gran importancia al demonio, y para estas comunidades cristianas éste estaba personalizado en la Iglesia Romana Papal, debido a sus grandes abusos. En especial los cátaros se referían a ella como « la prostituta ». Para combatir estas herejías fue creada la Inquisición pontificia en el siglo XIII. En el siglo siguiente comienzan a aparecer en los procesos por brujería las acusaciones de pacto con el diablo.

 

LA BRUJERÍA EN LA EDAD MEDIA

 

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Représentation d’un bûcher à Derenburg en 1555

Introducción


A finales de la Edad Media empezó a configurarse una nueva imagen de la bruja, que tiene su principal origen en la asociación de la brujería con el culto al Diablo (demoniolatría) y, por lo tanto, con la idolatría (adoración de dioses falsos) y la herejía (desviación de la ortodoxia). Aunque el primer proceso por brujería en que están documentadas acusaciones de asociación con el Diablo tuvo lugar en Kilkenny, Irlanda, en 1324-1325, sólo hacia 1420-1430 puede considerarse consolidado el nuevo concepto de brujería.

LA APARICION DEL DEMONIO, XV siécle.

L’arrive du diable.

Con el triunfo del cristianismo se produce la condena de todas las creencias paganas y se convierte la Magia en pura representación del mal. Teológicamente hablando, la primera vez que se define el concepto de Diablo fue el año 447 en el Concilio de Toledo. Se define como una figura oscura y monstruosa que huele a azufre, con cuernos, patas y orejas de asno, peludo con garras y un gran falo. En los aquelarres aparecía como un alto caballero negro, enmascarado.

Veamos un proceso de actualización (revivir autores o leyendas antiguas) en autores como San Agustín que vuelven a narrar la historia de Lucio y su conversión en hombre-asno, la cual proviene de La Metamorfosis o El Asno de Oro de Apuleyo. Así el santo dice en “De civitate Dei” que ciertas mujeres, mesoneras de profesión… dando de comer queso a los viajeros… los convertían en jumentos, que servían para el transporte. En el siglo IV y V se cree en la posibilidad física de tales metamorfosis, sin embargo, San Agustín se muestra escéptico y cree que es el demonio quien les hace creer a esos hombres que es real lo que sólo les ha ocurrido en sueños. Esta fue la tesis que sostuvo la Iglesia en la primera parte de la Edad Media: la del ensueño producido por intervención diabólica. Avanzada la Edad Media surgieron hombres que sostuvieron a machamartillo que todo lo que se decía sobre las hechiceras era real, que volaban y se metamorfoseaban. En el siglo IX hubo una gran discusión entre el papa León IX y Pedro Damián acerca del caso de un joven que había sido transformado en asno por unas mujeres, después que el juglar lo hubo contado en público convenció al papa para que castigara a las hechiceras.

Lo normal es que en la historia de los hombres los conceptos evolucionen o se adapten a los intereses de cada época. Pero el concepto de demonio es un cambio brusco, una mutación cultural que se produce cuando el cristianismo ya se cree la única religión poderosa y ataca a las creencias paganas y a los cultos idolátricos, recurriendo a una autoridad antigua, una autoridad maniquea, que simboliza el Mal absoluto, el demonio. Durante siglos han coexistido en el mismo plano el paganismo y el cristianismo, pero en la baja Edad Media triunfa el cristianismo y se sitúa en un plano superior, junto con el cielo y el sol. Mientras el paganismo queda relegado en la parte inferior, y en lo más profundo, sitúan los teólogos cristianos al diablo, junto con las antiguas arpías, sirenas, centauros y demás seres del paganismo. La Iglesia crea la idea del demonio, el señor de la noche que se aparece en las encrucijadas de los caminos, congregando a los hechiceros y a los muertos condenados eternamente. La Iglesia sustituye a Hécate por el demonio. Los dioses de la antigüedad son convertidos en demonios. Los inquisidores optan por obviar el contenido del Canon episcopi (incluidos en el Decreto de Graciano 1140), aduciendo que había surgido una nueva secta de verdaderos adoradores de Satán a la que había que combatir. Describían los encuentros nocturnos en los que se aparecía el Diablo en forma de cabra y se llevaban a cabo rituales demoníacos. Llamaban a perseguir a las brujas por herejes y para darles el oportuno castigo.

Europa fue asolada por frecuentes sequías y se produjo una merma en la producción de cereales, ocasionando hambrunas entre los habitantes europeos que, disminuidas sus facultades inmunológicas, sufrieron los efectos de las epidemias de peste que ocasionaron grandes mortandades de la población, cosa que sembró el pánico. La gente asustada buscaba desesperadamente un culpable y se convirtió en cultivo apto para la proliferación de Mesías y charlatanes salvadores de la humanidad, que manipularon a las masas, asustadas y presas de la histeria, encaminaron sus iras hacia los seres diferentes, entre los que se encontraban las brujas

La caracterización del Demonio y de las brujas surge de los sátiros, silvanos y faunos de la Antigüedad. La influencia de los artistas pudo ser grandísima para fijar el concepto plástico del Demonio. El “Dios cornudo de origen prehistórico” no intervino en la imagen del demonio. El dualismo entre Dios y el Demonio al que parecen hacer referencia las brujas del sur de Francia está en relación estrecha con el sistema de bandos y linajes del medioevo: la sociedad entera se dividía en dos fracciones que estaban en pugna en todas y cada una de las actividades cotidianas. La imagen clásica de la bruja volando sobre el palo de una escoba deriva de las brujas de Normandía, llamadas “scobaces” o “escobáceas” por la costumbre que se les atribuía de volar sobre escobas.

LA CAZA DE BRUJAS

Hubo un tiempo, al inicio de la Edad Moderna, en que muchas personas cultas creían que las brujas y brujos, en el desarrollo de su actividad, mantenían contactos directos y estrechos con el diablo. Antes de que la Edad Media finalizara, sobre todo en Europa, ya muchos pensaban que los maleficios y los pactos con Satanás, además de ser moneda corriente, eran una afrenta a dios, al normal desarrollo de la sociedad y a los códigos éticos y morales por los que ésta se regía. Pensaban además que esas brujas se reunían alrededor de ritos blasfemos y obscenos en tumultuosas concentraciones donde el mismo demonio se transfiguraba en real, adoptando diversas formas y manteniendo relaciones sexuales con sus invocadoras. Por todos esos motivos, desde los años 1.450 a 1.750, aproximadamente, miles de personas, mujeres en su mayor parte, fueron detenidas, juzgadas, condenadas y ejecutadas por practicar actos considerados de brujería. A todos ellos, brujos y brujas, se les dio el tratamiento no solo de delincuentes, sino de algo que se consideraba aún peor: herejes y apóstatas (así se llama a los que reniegan de la fe de Jesucristo recibida en el bautismo). Miles de personas fueron conducidas a la hoguera acusadas de usar las artes mágicas, renegando de la religión cristiana, al haber decidido estar unidos en un pacto eterno con el demonio. Durante ese periodo prolongado de tiempo al que hacíamos referencia antes, en la “caza de brujas”, hubo lapsos de tiempo donde se hacían persecuciones más o menos intensas. El método utilizado se basaba en descubrir qué personas podían ejercer la brujería. Había “cazadores profesionales” que entregaban a los supuestos brujos a las autoridades judiciales en función de denuncias, acusaciones o simples rumores.

 

Ya en los tiempos modernos, calcular el número de personas que murieron acusadas de brujería es una tarea imposible. Muchas actas judiciales han desaparecido al correr del tiempo, otras ni siquiera se llegaron a redactar. Los cálculos más alarmistas sitúan la cifra de ejecutados sólo en Europa en un periodo de trescientos años en nueve millones de personas. Cálculos más serios, reducen ostensiblemente el número, situándolo en cien mil procedimientos abiertos y unas sesenta mil personas conducidas a la hoguera o a la horca.

Llaman más la atención las cifras si detenemos la vista en situaciones concretas y contrastadas documentalmente. Así, por ejemplo, en Alemania, en el estado territorial gobernado por un Príncipe obispo fueron ejecutadas doscientas setenta y cuatro personas en un año y en otra localidad alemana, en un solo día, se condujo al cadalso a ciento treinta y tres en el año 1.589.

A los perseguidores de la brujería estas cifras les debían resultar secundarias o de poca importancia, ya que en algunos lugares hicieron estudios del número de brujas que “andaban sueltas”, como en el condado francés de Rethelois, donde calcularon en más de siete mil las brujas que dejaron sin capturar.

La posibilidad de defenderse de las imputaciones era complicada, además se puede pensar que la mayor parte, por no decir todas las acusaciones, debían carecer de legitimidad o fundamento.

Sobre todo, durante los siglos XVI y XVII, se establecieron grandes “cazas de brujas”, que extendieron el pánico y el histerismo entre la población de Alemania, Suecia, España, Francia, Inglaterra, Polonia… ningún país europeo escapó a esta debacle de terror. La caza funcionaba como una especie de cadena. Las primeras (supuestas) brujas detenidas, después de ser forzadas a la confesión, generalmente a través de la extorsión y de la tortura, eran obligadas a la delación de otras brujas. Así, en muchos procedimientos, como la caza de Tréveris, de trescientas seis brujas denunciadas, se pasó por este método a la detención de mil quinientas personas, consideradas sus cómplices.

Hay un sinfín de razones que condujeron a que se extendiera el miedo entre la población de esta forma tan desmesurada. Las brujas y brujos fueron una especie de chivo expiatorio en el que se concentraban todas las culpas de los problemas o los males a los que se enfrentaban. Algunas explicaciones apuntan a la necesidad de los poderes de contentar al pueblo al encontrar un culpable en este colectivo y darle un escarmiento público. Si las cosechas se echaban a perder, se apuntaba a las brujas como responsables, ya que entre sus poderes estaba el producir plagas o tormentas dañinas. Se las consideraba las culpables de que los rayos cayeran sobre los campanarios o, al ser capaces de fabricar pócimas, de hacer que las personas cayeran enamoradas o fueran portadores de la mala suerte. También era una extendida creencia popular la idea de que las brujas podían convertir a otros en animales o que ellas mismas podían transfigurarse en la bestia que desearan.

Todas estas ideas sin base lógica ni científica, y lo que es peor sin prueba alguna, eran apoyadas por supuestos hombres respetados por su sabiduría e inteligencia. Lutero o Calvino, fueron algunos de ellos.

Es curioso que la “caza de brujas” estuviera enfocada contra aquellas personas que supuestamente practicaban la magia y el encantamiento, el maleficium, como se conocía, pero los clientes y demandantes de los servicios de estas brujas y brujos no parecían ser perseguidos. Si las brujas no tenían a quién prestar su servicio, es sencillo pensar que tal servicio era inexistente.

Por supuesto, esta práctica de culpar a las brujas de todos los males que acechaban a la sociedad inculta, víctima de la superstición y de la falta de sentido común, cruzó el Atlántico.

 

Las brujas de Salem.

En Nueva York, Nueva Jersey, Delaware, Maryland o Virginia, hubo juicios contra brujas, que dado el carácter tan extremista de Europa, se pueden considerar como ocasionales. Que haya quedado registrado, solo un juicio en Maryland, acabó con la ejecución de la encausada. Sin embargo, en Nueva Inglaterra se llegó a procesar a doscientas treinta y cuatro personas, de las que treinta y seis acabaron ejecutadas. Es revelador este número de víctimas teniendo en cuenta que la población total era de cien mil habitantes.

En Salem, Massachussets, en 1.692, se llegó a dar muerte a veinte supuestas brujas. La razón de esta persecución entronca más con los valores puritanos, sociales y morales, que con cualquier otra cosa. Las acusadas que peor destino corrieron fueron aquellas que no reconocieron la autoridad del Tribunal encargado de juzgarlas, que aunque era de carácter civil, estaba estimulado por las acusaciones del clero, quien con este tipo de acciones pretendía atacar al poder diabólico que acechaba a la sociedad.

El final de todas estas “cazas de brujas” llegó a través de leyes y decretos legislativos que intentaron poner remedio a la sanguinaria persecución de personas inocentes. Juristas, jueces y magistrados enfrentados a teólogos o filósofos, tuvieron en sus manos el poder necesario para detener la barbarie.

1.- Brujería. Por Llanos Moraga y Colectivo de Folclore de la Universidad Popular de Albacete, artículo publicado en Zahora: Revista de Tradiciones Populares, nº 3.

2.- Discurso sobre la brujería en la edad media, profesora de alta magia y brujería VIII.

3.- “La Caza de Brujas en la Edad Moderna”, Brian P. Levack

4.- “La Caza de Brujas en la Edad Moderna”, Brian P. Levack

5.-Las Brujas y su Mundo”, Julio Caro Baroja.

 

 

 

 

 

 

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