Archive de la catégorie ‘CUENTOS DEL CALDERO’

FRANCISCA Y LA MUERTE

Lundi 8 mars 2010

FRANCISCA Y LA MUERTE

 

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Un cuento del caldero para deleitarnos con una tasita de café y galletitas.

 

Francisca y la muerte, Ornelio Jorge Cardoso.

Al poeta, compañero
y amigo moldavo,
Petru Zadniprn, quien
me contó esta respuesta
de su mamá.

-Santos y buenos días -dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo reconocer. ¡Claro!, venía la parca con su trenza retorcida bajo el sombrero y su mano amarilla al bolsillo.
-Si no molesto -dijo-, quisiera saber dónde vive la señora Francisca.
-Pues mire -le respondieron, y asomándose a la puerta, señaló un hombre con su dedo rudo de labrador:
-Allá por las cañas bravas que bate el viento, ¿ve? Hay un camino que sube la colina. Arriba hallará la casa.
«Cumplida está» -pensó la muerte y dando las gracias echó a andar por el camino aquella mañana que, precisamente, había pocas nubes en el cielo y todo el azul resplandecía de luz.
Andando pues, miró la muerte la hora y vio que eran las siete de la mañana. Para la una y cuarto, pasado el meridiano, estaba en su lista cumplida ya la señora Francisca.
«Menos mal, poco trabajo; un solo caso», se dijo satisfecha de no fatigarse la muerte y siguió su paso, metiéndose ahora por el camino apretado de romerillo y rocío.
Efectivamente, era el mes de mayo y con los aguaceros caídos no hubo semilla silvestre ni brote que se quedara bajo tierra sin salir al sol. Los retoños de las ceibas eran pura caoba transparente. El tronco del guayaba soltaba, a espacios, la corteza, dejando ver la carne limpia de la madera. Los cañaverales no tenían una sola hoja amarilla. Verde era todo, desde el suelo al aire y un olor a vida subiendo de las flores.
Natural que la muerte se tapara la nariz. Lógico también que ni siquiera mirara tanta rama llena de nido, ni tanta abeja con su flor. Pero, ¿qué hacerse?; estaba la muerte de paso por aquí, sin ser su reino.
Así, pues, echó y echó la muerte por los caminos hasta llegar a casa de Francisca:
-Por favor, con Panchita -dijo adulona la muerte.
-Abuela salió temprano -contestó una nieta de oro, un poco temerosa aunque la parca seguía con su trenza bajo el sombrero y la mano en el bolsillo.
-¿Y a qué hora regresa? -preguntó.
-¡Quién lo sabe! -dijo la madre de la niña? . Depende de los quehaceres. Por el campo anda, trabajando.
Y la muerte se mordió el labio. No era para menos seguir dando rueda por tanto mundo bonito y ajeno.
-Hace mucho sol. ¿Puedo esperarla aquí?
-Aquí quien viene tiene su casa. Pero puede que ella no regrese hasta el anochecer o la noche misma.
«¡Contra!», pensó la muerte, «se me irá el tren de las cinco. No; mejor voy a buscarla». Y levantando su voz, dijo la muerte:
-¿Dónde, al fijo, pudiera encontrarla ahora?
-De madrugada salió a ordeñar. Seguramente estará en el maíz, sembrando.
-¿Y dónde está el maizal? -preguntó la muerte.
-Siga la cerca y luego verá el campo arado detrás.
-Gracias -dijo seca la muerte y echó a andar de nuevo.
Pero miró todo el extenso campo arado y no había un alma en él. Sólo garzas. Soltóse la trenza la muerte y rabió:
«¡Vieja andariega, dónde te habrás metido!» Escupió y continuó su sendero sin tino.
Una hora después de tener la trenza ardida bajo el sombrero y la nariz repugnada de tanto olor a hierba nueva, la muerte se topó con un caminante:
-Señor, ¿pudiera usted decirme dónde está Francisca por estos campos?
-Tiene suerte -dijo el caminante-, media hora lleva en casa de los Noriegas. Está el niño enfermo y ella fue a sobarle el vientre.
-Gracias -dijo la muerte como un disparo, y apretó el paso.
Duro y fatigoso era el camino. Además ahora tenía que hacerlo sobre un nuevo terreno arado, sin trillo, y ya se sabe cómo es de incómodo sentar el pie sobre el suelo irregular y tan esponjoso de frescura, que se pierde la mitad del esfuerzo. Así por tanto, llegó la muerte hecha una lástima a casa de los Noriegas:
-Con Francisca, a ver si me hace el favor.
-Y se marchó.
-¡Pero, cómo! ¿Así, tan de pronto?
-¿Por qué tan de pronto? -le respondieron- . Sólo vino a ayudarnos con el niño y ya lo hizo. ¿A qué viene extrañarse?
-Bueno…, verá -dijo la muerte turbada- , es que siempre una hace su sobremesa en todo, digo yo.
-Entonces usted no conoce a Francisca.
-Tengo sus señas -dijo burocrática la Impía.
-A ver; dígalas -esperó la madre. Y la muerte dijo:
-Pues…, con arrugas; desde luego ya son sesenta años…
-¿Y qué más?
-Verá…, el pelo blanco…, casi ningún diente propio…, la nariz, digamos…
-¿Digamos qué?
-Filosa.
-¿Eso es todo?
-Bueno…, por demás nombre y dos apellidos.
-Pero usted no ha hablado de sus ojos.
-Bien; nublados…, sí, nublados han de ser…, ahumados por los años.
-No, no la conoce -dijo la mujer- . Todo lo dicho está bien, pero no los ojos. Tiene menos tiempo en la mirada. Ésa, quien usted busca, no es Francisca.
Y salió la muerte otra vez al camino. Iba ahora indignada, sin preocuparse mucho por la mano y la trenza, que medio se le asomaba bajo el ala del sombrero.
Anduvo y anduvo. En casa de los González le dijeron que estaba Francisca a un tiro de ojo de allí, cortando pangola para la vaca de los nietos. Mas, sólo vio la muerte la pangola recién cortada y nada de Francisca, ni siquiera la huella menuda de su paso.
Entonces la muerte, quien ya tenía los pies hinchados dentro de los botines enlodados, y la camisa negra, más que sudada, sacó su reloj y consultó la hora:
-¡Dios! ¡Las cuatro y media! ¡Imposible! ¡Se me va el tren!
Y echó la muerte de regreso, maldiciendo.
Mientras, a dos kilómetros de allí, escardaba de malas hierbas Francisca el jardincito de la escuela. Un viejo conocido pasó a caballo y, sonriéndole, le tiró a su manera el saludo cariñoso:
-Francisca, ¿cuándo te vas a morir?
Ella se incorporó asomando medio cuerpo sobre las rosas y le devolvió el saludo alegre:

 

-Nunca -dijo- , siempre hay algo que hacer.

 

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UN CORTOMETRAJE MUY BIEN HECHO

BENDICIONES

JAVIER BRANCH

LAS TEPAS, BRUJAS O BOLIFUEGOS

Dimanche 7 mars 2010

LAS TEPAS, BRUJAS O BOLIFUEGOS

 

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Las tepas, segun las tradiciones oráles, son unas entidades espirituales negativas que pueden causar daño, se alimentan de la sangre humana  y pueden tambien encantar a la gente, llevarsela y causarles una infinidad de emfermedades magicas como el espanto, entre otros… Son llamadas tepas en las régiones del valle de méxico, milpa alta, toluca, pachuca y el estado de méxico. Los abuelos cren o creian que las tepas son las brujas que montadas en su escoba surcan los cielos nocturnos y se pueden ver en  forma de bola de fuego con colores brillantes metalicos volar sobre los sembradios de maiz, o en la zonas montosas, nopaleras o bosquozas.

Se cre que las tepas son seres malignos que se alimentan de la sangre de las personas, animales, etc, entran a la casa muy sigilosamente y bajando un hilo semenjante al de una tela de arana punsan al que duermen y le chupan la sangre, al dia siguiente la persona amanece morada del cuello, con dolores y malestares.

Es por eso que las abuelas o la gente mayor pone antes de dormir o cuando se ven a las tepas volar, un vaso con agua y sobre él, una tijera abierta. Se cre que cuando el hilo de las tepas baje para chupar la sangre, la tijera cortara su maligno punzon y no podran chuparte.

Una amiga bruja me contó que sus abuelos son de un pueblito muy cerca de Toluca y cren en las Tepas, dice que las ha visto volar, que se ven como unas bolas de fuego, su abuela una vez le dijo: « hija deja de ver a esas malditas brujas porque si se dan cuenta de que las estas mirando vendran hacia atí », como ha de ser, mi amiga no entendió e hizo caso omizo a la abuela, al poco rato vio como las tepas se acercaban a alta velocidad a su casa, ella grito y la abuela como vuela bruja, saco su escoba y la paro con las ramas hacia arriba, saco agua bendita y roció la casa, tomo unos limones, ajos, chiles y algunas hiervas y especias que tenia en la alacena, prendio su anafre y quemo todo los ingredientes con un poco de aguardiente, saco su anafre y las tepas huyeron de su casa.

En el norte de veracruz, en la région de la huesteca, estas bolas de fuego tienen otro nombre, son llamados bolifuegos, porque son similares a bolas de fuego voladoras. Mi abuelo dice que pasaban muy seguido por alla de 1930, y por los tiempos de la revolición méxicana, cuando los pelotones de soldados, llamados la bola o la leva pasaban y reclutaban a la fuerza a los hombre y mataban sin piedan sin importar edad, sexo de la gente. Los abuelos creian que estas esferas de fuego no eran más que las almas en pena de algun asesinado o de alguien que murió de una forma tragica y dolorosa. Se dice que cuando mueren y no les ponen una cruz como señal de que allí murio, el alma del difunto se levanta a los nueve dias en forma de una bola de fuego y viaja por los montes y lugares sombrios durante la noche, al caer el dia caen al suelo y se levantan al anochecer para seguir su camino buscando algun descanzo.

Cuando los bolifuegos pasaban y eran visto por los niños, las abuelas nos jalaban las orejas porque se creia que si no se hacia esto, el niño quedaria chaparro o enano. Si al bolifuego se le hacia la señar de la cruz o se decia una plegaria piadoza, este se decendia al suelo y caia en forma de una bola de guzanos.

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En otros lugares como en el sur de veracruz, las choapas, etc, se cre que son las brujas o las nahualas que vuelan por el cielo nocturno, y lo mismo si se le hace la señal de la cruz o se reza, estas caeran al suelo, algunas veces caen y se convierten en algun animal o toman forma de guajolotes, totolas, puerco, etc…

 

Ten cuidado al tumbar alguna bruja esta puede enojarse y chuparte o bien llevarte a su casa, volverte maceta o darte calabaza.

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Una linda cancion: « LAS BRUJAS » de Francisco Gabilondo /Cri-Cri

Bendiciones

JAVIER BRANCH

 

LA LLORONA

Samedi 6 mars 2010

LA LLORONA

 

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Consumada la conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI, los vecinos de la ciudad de México que se recogían en sus casas a la hora de la queda, tocada por las campanas de la primera Catedral; a media noche y principalmente cuando había luna, despertaban espantados al oír en la calle, tristes y prolongadísimos gemidos, lanzados por una mujer a quien afligía, sin duda, honda pena moral o tremendo dolor físico.

Las primeras noches, los vecinos contentábanse con persignarse o santiguarse, que aquellos lúgubres gemidos eran, según ellas, de ánima del otro mundo; pero fueron tantos y repetidos y se prolongaron por tanto tiempo, que algunos osados y despreocupados, quisieron cerciorarse con sus propios ojos qué era aquello; y primero desde las puertas entornadas, de las ventanas o balcones, y enseguida atreviéndose a salir por las calles, lograron ver a la que, en el silencio de las obscuras noches o en aquellas en que la luz pálida y transparente de la luna caía como un manto vaporoso sobre las altas torres, los techos y tejados y las calles, lanzaba agudos y tristísimos gemidos.

Vestía la mujer traje blanquísimo, y blanco y espeso velo cubría su rostro. Con lentos y callados pasos recorría muchas calles de la ciudad dormida, cada noche distintas, aunque sin faltar una sola, a la Plaza Mayor, donde vuelto el velado rostro hacia el oriente, hincada de rodillas, daba el último angustioso y languidísimo lamento; puesta en pie, continuaba con el paso lento y pausado hacia el mismo rumbo, al llegar a orillas del salobre lago, que en ese tiempo penetraba dentro de algunos barrios, como una sombra se desvanecía.

« La hora avanzada de la noche, – dice el Dr. José María Marroquí- el silencio y la soledad de las calles y plazas, el traje, el aire, el pausado andar de aquella mujer misteriosa y, sobre todo, lo penetrante, agudo y prolongado de su gemido, que daba siempre cayendo en tierra de rodillas, formaba un conjunto que aterrorizaba a cuantos la veían y oían, y no pocos de los conquistadores valerosos y esforzados, que habían sido espanto de la misma muerte, quedaban en presencia de aquella mujer, mudos, pálidos y fríos, como de mármol. Los más animosos apenas se atrevían a seguirla a larga distancia, aprovechando la claridad de la luna, sin lograr otra cosa que verla desaparecer en llegando al lago, como si se sumergiera entre las aguas, y no pudiéndose averiguar más de ella, e ignorándose quién era, de dónde venía y a dónde iba, se le dio el nombre de La Llorona. »

Tal es en pocas palabras la genuina tradición popular que durante más de tres centurias quedó grabada en la memoria de los habitantes de la ciudad de México y que ha ido borrándose a medida que la sencillez de nuestras costumbres y el candor de la mujer mexicana han ido perdiéndose.

Pero olvidada o casi desaparecida, la conseja de La Llorona es antiquísima y se generalizó en muchos lugares de nuestro país, transformada o asociándola a crímenes pasionales, y aquella vagadora y blanca sombra de mujer, parecía gozar del don de ubicuidad, pues recorría caminos, penetraba por las aldeas, pueblos y ciudades, se hundía en las aguas de los lagos, vadeaba ríos, subía a las cimas en donde se encontraban cruces, para llorar al pie de ellas o se desvanecía al entrar en las grutas o al acercarse a las tapias de un cementerio.

La tradición de La Llorona tiene sus raíces en la mitología de los antiguos mexicanos. Sahagún en su Historia (libro 1º, Cap. IV), habla de la diosa Cihuacoatl, la cual « aparecía muchas veces como una señora compuesta con unos atavíos como se usan en Palacio; decían también que de noche voceaba y bramaba en el aire… Los atavíos con que esta mujer aparecía eran blancos, y los cabellos los tocaba de manera, que tenía como unos cornezuelos cruzados sobre la frente ». El mismo Sahagún (Lib. XI), refiere que entre muchos augurios o señales con que se anunció la Conquista de los españoles, el sexto pronóstico fue « que de noche se oyeran voces muchas veces como de una mujer que angustiada y con lloró decía: « ¡Oh, hijos míos!, ¿dónde os llevaré para que no os acabeís de perder? ».

La tradición es, por consiguiente, remotísima; persistía a la llegada de los castellanos conquistadores y tomada ya la ciudad azteca por ellos y muerta años después doña Marina, o sea la Malinche, contaban que ésta era La Llorona, la cual venía a penar del otro mundo por haber traicionado a los indios de su raza, ayudando a los extranjeros para que los sojuzgasen.

« La Llorona – cuenta D. José María Roa Bárcena -, era a veces una joven enamorada, que había muerto en vísperas de casarse y traía al novio la corona de rosas blancas que no llegó a ceñirse; era otras veces la viuda que veía a llorar a sus tiernos huérfanos; ya la esposa muerta en ausencia del marido a quien venía a traer el ósculo de despedida que no pudo darle en su agonía; ya la desgraciada mujer, vilmente asesinada por el celoso cónyuge, que se aparecía para lamentar su fin desgraciado y protestar su inocencia. »

Poco a poco, al través de los tiempos la vieja tradición de La Llorona ha ido, como decíamos, borrándose del recuerdo popular. Sólo queda memoria de ella en los fastos mitológicos de los aztecas, en las páginas de antiguas crónicas, en los pueblecillos lejanos, o en los labios de las viejas abuelitas, que intentan asustar a sus inocentes nietezuelos, diciéndoles: ¡Ahí viene La Llorona!

Aunque de vez en cuando todavia se puede escuchar su lamento!!

 

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  LEYENDA TOMADA DEL LIBRO :

Las calles de México, Leyendas y sucedidos. Luis González Obregón

TEMA : LA LLORONA, EUGENIA LEÓN 

BY JAVIER BRANCH 

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